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El Traje Y Su Color [Relato]

 Fue justo en esa esquina, en la vereda pintada de amarillo y abollada, donde di un paso al desnivel del piso más bajo, a unos diez o doce centímetros. Emprendí el camino como cualquier otro día sin importancia. Con el mismo cansancio rutinario y las sábanas pegadas al cuerpo por las recientes pesadillas; la estela de sudor en la frente, los párpados rendidos y pesados, y el regusto medio agrio en la boca seca típica de las mañanas.

 Me levantaba a desayunar, todo antes de darme una ducha ceremonial con agua tibia como acostumbraba, en vísperas del despertar del sol, con su tono naranja esparcido e invasivo por toda la costa de casas murmullando en sonidos de pájaros, escupiendo oleadas tenues de aire fresco, alarmando a otros que el día da comienzo oficialmente.

 Todo eso lo veo en este segundo. Recuerdo los momentos en que salía esta misma mañana, recuerdo lo que dejé atrás, y lo que he dejado atrás todos estos años, cada día que salía despreocupado de mi casa. Como si eso no significara nada, como si mi vida valiera para ese evento rutinario. En esas pesadillas soy yo el que corre perseguido por algo, en esa oscuridad que trepa por mis extremidades. Soy yo el que escapa, porque el camino que recorro todos los días al ir, y todas las noches al volver, es de lo que escapo. Cada vez que llego a casa, creo estar a salvo de las horas, creo estar seguro, pero... pero el tiempo no espera.

 Ahora, el tiempo dejó de seguirme; me muestra estas visiones de mi propia vida con ánimo atontador, como burlándose de mí, como echándome en cara, que este atropello me lo merecía... por desperdiciar mi vida, y malgastar espacio en el mundo.

 Supongo que ella también lo piensa. ¿Quién eres? De dónde saliste. ¿Por qué no te vi un minuto antes? Creo que debería quedarme así, y no retomar el tiempo jamás. Sería mejor mirarnos por siempre, ¿no? Al menos he logrado encasillar tu imagen en un pestañeo. Ahora puedo cerrar los ojos con tranquilidad.

 La bocina suena, un impacto sordo alerta a varios transeúntes. La multitud se da cuenta, que en el centro de un lago de sangre, está botado un hombre de traje.

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